Hay una conversación muy corta que lo explica todo. La tuve con una IA hace poco, y desde entonces no puedo dejar de pensar en lo que revela sobre cómo funciona — y sobre todo, sobre lo que no puede hacer.
Yo: “si tengo que ir al lavadero de autos y lo tengo a 3 calles, ¿voy caminando o en auto?”
IA: “caminando, así hacés deporte.”
El problema: si vas caminando… el auto se queda en casa. No hay lavadero posible.
La respuesta es graciosísima. Y también es una radiografía perfecta de cómo razona una IA: detectó el patrón “distancia corta → recomendación saludable → caminar” y lo ejecutó sin modelar la situación real. No construyó ningún escenario mental. No se preguntó para qué ibas al lavadero. Simplemente matcheó con lo que estadísticamente se dice en millones de textos similares.
El problema no es que la IA sea torpe. El problema es que la IA no razona: predice texto. Y esa distinción, que parece técnica y aburrida, lo cambia todo cuando la trasladamos al diseño web.
El patrón que la IA no ve
Cuando le pedís a una IA que diseñe una landing page, que elija una paleta de colores, o que proponga la estructura de un sitio, hace algo parecido a lo del lavadero: recorre millones de sitios que vio durante su entrenamiento, detecta los patrones más frecuentes y los combina. El resultado suele ser correcto en términos estadísticos. Funcional, prolijo, inofensivo.
Pero ahí está exactamente el problema.
“Cuando la IA intenta ‘hacer’ un diseño, el resultado es realmente malo. La gente bajó sus expectativas sobre qué es diseño. Primero los propios diseñadores, después los clientes. Es doloroso de ver.”
— Michal Malewicz, Medium (Feb 2025)
El diseño web que funciona de verdad — el que convierte, el que construye marca, el que hace que alguien sienta algo cuando entra a un sitio — no está hecho de promedios. Está hecho de decisiones muy específicas que alguien tomó con un propósito concreto, para una audiencia concreta, en un contexto concreto.
La IA no tiene contexto. Tiene datos.
¿Qué puede y qué no puede hacer?
- Puede: generar variantes de copy en segundos, sugerir paletas, armar wireframes iniciales, escribir CSS, proponer estructuras de navegación, resumir briefings largos.
- No puede: entender por qué tu cliente vende lo que vende, qué le genera ansiedad a su comprador ideal, qué hace que esa marca se sienta viva y no como un template de Envato.
- Puede: replicar el estilo de referentes visuales que le mostrás, ejecutar patrones de UX probados, optimizar estructuras para conversión.
- No puede: saber cuándo romper esos patrones intencionalmente para crear algo memorable.
- Puede: hacerte ahorrar horas en tareas repetitivas, acelerar la producción, generar opciones para revisar.
- No puede: reemplazar el criterio que desarrollaste mirando miles de sitios, frustrándote con clientes y aprendiendo qué funciona en el mundo real.
El lavadero del diseño
El equivalente del “andá caminando” en diseño web aparece todo el tiempo. Si le pedís a una IA que diseñe la hero section de un hotel boutique en Patagonia, probablemente te entregue: fondo oscuro, tipografía sans-serif bold, imagen de montaña con overlay, botón “Reservar ahora”. Correcto. Lo que hacen todos. El equivalente exacto a decirte que vayas caminando.
No entiende que ese cliente tiene una historia de 20 años, que su identidad está construida alrededor de ciertos materiales y texturas, que su audiencia llega por recomendación y no necesita ser convencida sino emocionada, y que una tipografía serif bien elegida puede comunicar más autenticidad en un segundo que cualquier copy.
Eso lo sabés vos. No lo sabe la IA.
“La inteligencia emocional es lo que hace valiosos a los diseñadores. Empatizar con los usuarios es lo que hace efectivo al diseño. Las herramientas de IA entienden las reglas más estandarizadas, pero todavía no son buenas comprendiendo el matiz y el contexto.”
— Lindsay Derby, Product Design Lead en HubSpot
Entonces, ¿para qué sirve?
Para mucho. Esa es la respuesta honesta. El error está en los dos extremos: el que cree que la IA va a reemplazar a los diseñadores, y el que la ignora porque “no entiende de diseño de verdad”.
La IA es el mejor asistente junior que existió. No duerme, no se cansa, no se enoja si le pedís la quinta versión de algo. Puede encargarse de las tareas que te sacan tiempo sin generarte valor — armar variantes de un mismo layout, buscar referencias, proponer textos alternativos, revisar accesibilidad básica — para que vos te concentres en el trabajo que requiere criterio.
Lo que no puede hacer es sentarse con el cliente, escuchar lo que no dice, entender qué le genera orgullo de su negocio, y traducir todo eso en decisiones visuales que tengan alma. Eso sigue siendo humano. Y por ahora, va a seguir siéndolo.
La IA es una herramienta extraordinaria. Pero así como no podés lavar el auto si llegás caminando, no podés tener un sitio con identidad si le delegás el criterio a un modelo de lenguaje. El criterio lo ponés vos.