Hace unos días circuló por internet una charla de un empresario que dirige una agencia de websites como servicio con 20 millones de dólares en facturación. El modelo es sencillo: en vez de cobrarle a una pequeña empresa 20.000 euros por una web, le cobras 450 dólares al mes y te encargas de todo. Suscripción, recurrente, escalable. Un negocio muy bien montado.

Y aun así, el tío tiene miedo. Su preocupación principal: que la IA está haciendo que sus clientes puedan construir sus propias webs sin necesitar a nadie. Que su producto se está degradando. Que el sector está en decadencia.

Es un miedo que escucho constantemente. Y cada vez que lo analizo en detalle, me encuentro con lo mismo: mucho ruido, pocos datos.

El problema que no existe todavía

En la charla, Alex Hormozi —que actúa como especie de consultor— le pregunta algo muy directo: ¿está subiendo el churn de forma significativa? ¿Se están yendo los clientes? La respuesta es que sube un poco, pero nada alarmante. El negocio sigue funcionando.

Y ahí está la clave. El empresario tiene una narrativa —”la IA nos va a destruir”— pero los números no la respaldan todavía. Hormozi lo llama “resolver problemas que no existen”. Es fácil caer en eso cuando lees titulares apocalípticos cada día, pero una cosa es lo que dice Twitter y otra lo que dicen tus métricas.

No digo que el miedo sea irracional. Digo que actuar en pánico sobre una amenaza que aún no se ha materializado en tu negocio concreto es una forma bastante efectiva de distraerte de lo que sí funciona.

¿Puede cualquiera construir su propia web ahora mismo?

Técnicamente, sí. Hace años que existen herramientas que lo hacen relativamente fácil, mucho antes de que la IA generativa existiera. Squarespace, Wix, WordPress con un tema decente. La IA lo hace algo más accesible, pero el salto no es tan dramático como se pinta.

El cliente tipo de una agencia como esta —el fontanero, el electricista, el restaurante de barrio— no va a ponerse a construir su propia web. No porque no pueda, sino porque no quiere. No es su negocio. No es en lo que piensa cuando se levanta por la mañana. Y eso no va a cambiar porque exista ChatGPT.

Habrá un porcentaje que lo intente. Habrá sobrinos y cuñados que se ofrezcan a hacerlo gratis. Eso ya pasaba antes. La pregunta relevante no es si alguien puede hacerlo solo, sino cuántos de tus clientes actuales van a dejar de pagarte por eso. Y la respuesta, al menos por ahora, parece ser: pocos.

El verdadero riesgo no es la IA, es la concentración

Lo que sí me parece un riesgo real en el negocio de este empresario es algo que él mismo menciona de pasada: el 100% de su crecimiento viene de llamadas en frío. Un solo canal de adquisición. Eso es una vulnerabilidad enorme que no tiene nada que ver con la IA.

Si ese canal se cierra, se encarece o simplemente deja de convertir igual, el negocio tiene un problema serio. Y eso puede pasar por mil razones que no tienen nada que ver con si los clientes pueden hacer su propia web o no.

Es curioso cómo a veces el miedo a lo nuevo —la IA, la tecnología, el cambio— nos distrae de los riesgos de siempre que siguen ahí, silenciosos y sin hashtag.

Lo que esto dice del momento en el que estamos

Que un empresario con 20 millones en facturación, un modelo probado y clientes que siguen pagando esté más preocupado por la IA que por diversificar sus canales de venta dice mucho del clima actual. La narrativa del apocalipsis tecnológico es tan potente que afecta incluso a quienes tienen los números a su favor.

No voy a decir que la IA no va a cambiar el sector del diseño web. Lo está cambiando ya, y seguirá haciéndolo. Pero la velocidad real del cambio en negocios locales, con clientes que “acaban de enterarse de que existe ChatGPT”, es mucho más lenta de lo que sugieren los titulares.

El miedo es comprensible. Actuar sobre ese miedo antes de que los datos lo justifiquen, no tanto.

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