Cal Newport, profesor universitario y autor de libros como Deep Work o Digital Minimalism, es probablemente la persona que más ha escrito y pensado sobre los efectos de las redes sociales en nuestra capacidad de concentración. Hace poco revisó públicamente su TED Talk más vista — titulada Quit Social Media, con más de ocho millones de reproducciones — para reflexionar sobre qué ha cambiado desde que la dio y si sus argumentos siguen siendo relevantes. Lo que contó merece la pena.
La charla que nadie quería titular así
Newport dio esa charla en 2016, en un pequeño evento de TEDx en Virginia. La sala no tenía más de cuarenta personas. Pero él tenía claro lo que quería hacer: un discurso directo, sin demasiados matices, argumentando que la mayoría de la gente debería plantearse dejar las redes sociales. Sin rodeos.
Los organizadores del evento, antes de subir el vídeo, le cambiaron el título. Lo llamaron Working Deeply in a Distracted World. Newport los llamó y les dijo que no. Que toda la razón por la que había ido era precisamente para que la charla se llamara Quit Social Media. Que si una charla con ese título la publicaba TEDx, llegaría a mucha gente. Los organizadores cedieron, cambiaron el título de vuelta, y el vídeo acabó siendo uno de los cincuenta TED Talks más vistos de la historia.
Pero lo que Newport recuerda con más detalle es lo que pasó antes de ese vídeo, cuando intentaba hacer ese mismo argumento en otros sitios y la reacción era radicalmente distinta.
Cuando decir esto era una herejía
Poco antes de dar esa charla, Newport había publicado un artículo de opinión en el New York Times argumentando que las redes sociales no eran tan importantes para la carrera profesional de los jóvenes como se creía. La reacción fue desproporcionada. El periódico tuvo que encargar un artículo de respuesta para la semana siguiente, rebatiendo sus argumentos. Llegaron cartas. Hubo un profesor en Washington DC que intentó organizar un debate público con él porque no podía tolerar que alguien dijera eso en un medio nacional.
En Canadá lo invitaron a un programa de radio nacional para hablar del tema y a los diez minutos de entrevista le pusieron en el mismo micrófono, sin avisarle, a una experta en redes sociales y a una artista que usaba Instagram para promocionar su trabajo, para que le rebatieran en directo. Era tan incómodo el argumento que había que contrarrestarlo en tiempo real.
Todo eso pasaba en 2015 y 2016. El clima era ese: cuestionar las redes sociales era excéntrico, casi reaccionario. El relato dominante era que eran una fuerza progresista que democratizaba la información, conectaba el mundo y daba voz a quienes no la tenían. La primavera árabe. La visibilidad de colectivos marginados. El poder del ciudadano frente al poder establecido. Ese era el marco, y salirse de él tenía un coste social real.
Lo que cambió y por qué
El cambio no vino de los libros sobre productividad ni de los estudios sobre bienestar digital. Vino de la política, y de una forma que nadie había anticipado.
Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 tuvieron un efecto inesperado: consiguieron que todos los lados del espectro político se enfadaran con las grandes plataformas al mismo tiempo, aunque por razones distintas. La derecha llevaba tiempo quejándose de sesgo en la moderación de contenidos — qué se eliminaba y qué no, qué voces se amplificaban y cuáles no. Eso ya estaba ahí antes de las elecciones.
Pero cuando Trump ganó, la izquierda cultural y mediática entró en lo que Newport describe como modo resistencia: el objetivo era oponerse a Trump en todos los frentes, y las plataformas de Silicon Valley, a pesar de ser políticamente afines, no se sumaron a ese modo con suficiente entusiasmo. No banearon a Trump de inmediato. No adoptaron una postura abiertamente combativa. Intentaron mantenerse en un centro que, en ese momento político, nadie quería ocupar. Y eso les costó la simpatía de la izquierda.
El resultado fue que de repente las plataformas habían conseguido lo imposible: tener enemigos en ambos lados. Y cuando algo pierde el apoyo tribal de todos los bandos simultáneamente, su estatus cultural cambia de forma irreversible.
Cambridge Analytica y el arte de crear un villano conveniente
En ese contexto llegó Cambridge Analytica, y Newport tiene una lectura sobre ese episodio que no se escucha mucho. Lo que hizo Cambridge Analytica — usar tests de personalidad para extraer datos de millones de usuarios de Facebook y utilizarlos para segmentar publicidad política — no era una operación secreta ni una vulneración excepcional del sistema. Era, básicamente, el modelo de negocio de Facebook. Era lo que cientos de clientes hacían con esa plataforma cada día. Era para lo que Facebook estaba diseñado.
La diferencia era la escala y el contexto político. Pero el mecanismo era el mismo.
Lo que Newport observa es que Facebook reaccionó de una forma muy específica: en vez de admitir que Cambridge Analytica simplemente había usado su plataforma como estaba diseñada para ser usada, se posicionó como víctima de un actor externo excepcional. Convirtió a Cambridge Analytica en el villano de la película, se presentó a sí misma como la parte perjudicada, y prometió cambios de privacidad para que algo así no volviera a pasar. Como si hubiera pasado algo inusual. Como si no fuera exactamente lo que hacían todos sus anunciantes.
No funcionó. La rabia política ya era demasiado grande y demasiado arraigada. Pero el intento en sí dice mucho sobre cómo estas empresas entienden su propia imagen pública.
Dónde estamos ahora
Newport dice que en 2022, cuando revisó esa charla, se sentía más centrista que nunca en este debate. Antes era el excéntrico que decía que quizás no hacía falta usar Facebook. Ahora hay gente en ambos extremos del espectro político que quiere sangre, que ve a estas plataformas como enemigos existenciales, y él sigue diciendo lo mismo que decía en 2016: quizás no las uses tanto. Es casi la posición moderada.
Pero lo que más le satisface es otra cosa. Lo que él siempre criticó no fue que existieran las redes sociales, sino el universalismo que las rodeaba: la idea de que todo el mundo tenía que estar en las mismas dos o tres plataformas, sin excepción, y que no estarlo era raro.
Ese universalismo ha muerto. Hoy no existe ninguna plataforma cuyo no uso levante cejas. No usas TikTok, bien. No usas Twitter, entendible. Dejaste Facebook hace años, normal. Esa neutralidad que antes era imposible ahora es el estado por defecto. Las redes sociales han pasado de ser infraestructura social obligatoria a ser una opción más, compitiendo con podcasts, series, libros y todo lo demás. Algunas personas las usan mucho, otras poco, otras nada. Y nadie tiene que justificar su elección.
Newport lo compara con Game of Thrones: una serie muy popular, con millones de seguidores leales, pero que nadie considera obligatoria. Si dices que no la has visto, nadie te mira raro. Simplemente no es para ti. Eso es lo que quería para las redes sociales. Y en buena medida, es lo que hay.
Lo que esto significa en la práctica
Si llevas tiempo sintiéndote mal por el tiempo que pasas en redes sociales pero sin acabar de tomar ninguna decisión, el contexto ahora te lo pone más fácil que nunca. No necesitas una justificación elaborada. No tienes que explicar por qué no usas tal plataforma. No eres un excéntrico ni un reaccionario ni alguien que no entiende cómo funciona el mundo moderno. Simplemente puedes no usarla.
La pregunta relevante ya no es si es raro cuestionarlas. La pregunta es si lo que obtienes de ellas vale el tiempo y la atención que les das. Y esa es una pregunta que cada persona puede responder por sí misma, sin presión social de ningún tipo.
Que hayamos llegado a ese punto es, en sí mismo, un progreso considerable.